Reflexiones en PLP a partir de los acontecimientos de la última semana II

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7 agosto, 2011 por politicalargoplazoacampadasol

Lamentamos que no haya habido más pérdidas; corregimos, por si vuelve la costumbre acusatoria: lamentamos que los comerciantes de la zona de Sol no hayan tenido más pérdidas económicas. Nos negamos a hablar el lenguaje que nos imponen e impugnamos su totalidad, la de la mercancía y su colonización de la vida. Hemos asistido a un macabro baile entre la patronal madrileña y los poderes políticos en estos días: por parte de unos, la demanda de una represión violenta, lo que llaman “mano dura”, a fin de recuperar eso que dicen “normalidad” y que no es sino la acción cotidiana de un vampiro insaciable; por parte de otros, la implantación de un estado de excepción durante tres días que se ha encontrado todo el que haya pasado por la Puerta del Sol: calles cortadas, controles selectivos según enigmáticos criterios, efectivos policiales vestidos con toda su panoplia como sacados de una película de Hollywood, y helicópteros por el aire haciendo sonar la banda sonora del miedo y la vigilancia. Al final parece que ambos bailarines no han encontrado bien el compás y, tras varios pisotones y traspiés, han decidido volver a la ”otra normalidad”: abrir la plaza, permitir la “libre circulación” (tan necesaria, no lo olvidemos, para la Economía) y no tanto el uso; es decir, negociar la implantación de un centro de información en Sol. Centro de información —cuidado— que corre el peligro de ser equiparado a cualquier otro centro de información: los del turismo de los alrededores del Palacio Real, los que se instalen en la visita del Papa o los de Vodafone o cualquier otra multinacional que a diario vemos en muchas plazas. Y algunas personas nos preguntamos qué pasará con las asambleas en las plazas.

Para bien se ha recuperado la plaza. Una plaza que debe volver a ocuparse como espacio común y sobre la que debe decidir el pueblo que en ella se instala y la usa, algo que parece molestar profundamente a las autoridades. El uso del espacio público se está convirtiendo en una arma poderosa e incómoda y aún queda mucho camino para aprender a manejarla con destreza: ocupar de nuevo la plaza ha de ser, consideramos, un paso en esa dirección. Además, por otra parte, ha quedado claro que la represión es una de las herramientas naturales de esta sociedad, por si alguien aún no lo tenía claro, y que el monopolio de la violencia le pertenece al Estado. Por lo que a nosotros nos toca, no se puede decir que haya habido muestras de violencia, pero sí de confrontación, porque, efectivamente, el conflicto existe y no se puede negar. Violencia es lo que ejercen el estado y la economía sobre cualquiera de sus súbditos y en sus diferentes formas. Buena parte de los discursos antiviolencia generados en el 15M incurren en este error: no asumir que cualquier desobediencia civil es susceptible de ser considerada “violenta” por parte de un Estado como el español en el que el discurso político hegemónico ha manipulado con tanta vileza como contundencia esa frontera entre violentos y no-violentos y ha legislado exhaustivamente en consecuencia, pasando por alto importantes matices. Basta con echar un vistazo a cómo la cuestión del terrorismo ha servido para generar una legislación que se guarda el derecho a la excepción o a la negación del habeas corpus con una facilidad peligrosa y nada inocente.

La confrontación es la única vía de protesta y la ocupación de la calle por un pueblo con demandas no es equiparable a la celebración de un título deportivo. Se sale a la calle contra algo, no sólo por algo. Conviene recordar que los pacifistas que se oponían a la guerra del Vietnam difícilmente terminaban una manifestación sin confrontación, heridos e incluso muertos —recordad, por ejemplo, los cuatro asesinados por la policía en Ohio en 1970—, pensad en Egipto, Grecia o Siria en estos últimos tiempos. Negar esto es suponer que el Estado es benigno y comprensivo, pero duro de oído, y que basta con alzar un poco la voz para que atienda paternalmente a nuestras peticiones. Esta visión hace gala de una escalofriante ingenuidad, si no encuentra otras vías para paralizar las protestas en las calles, el Estado utilizará la violencia (de una forma mucho más extrema de la que hasta ahora se ha visto). Ahora bien, no hay que olvidar que existe otra clase de violencia explícita: la que se da cuando los Cuerpos de Seguridad reprimen vilmente a un compañero y a su lado hay alguien que levanta pacíficamente las manos sin defenderlo. En ese momento hay que pensar si esa actitud considerada no-violenta y pacífica no está siendo cómplice de un acto violento y represor. Cuidado con ello, los límites son difusos y el miedo es muy humano.

La reacción durante estos días ha dado muestras de arrojo: si antes se ocupaban las plazas para hacer asambleas ahora se han cortado directamente alguna de las arterias infectadas de colesterol y CO2 de esta villa y corte. Salir a la calle y cortarla se estaba convirtiendo en un extraño hábito, principalmente en un país en el que la siesta social se había convertido en uno de los deportes autóctonos. Seguramente nuestros mandatarios han preferido lo malo conocido a lo peor por conocer: lo que nunca quieren que suceda y nos han soltado la mano. Una cosa: no olvidemos qué es el centro de Madrid. El espacio urbano ha generado en su mismo centro una zona de exclusión, un perímetro en el que no se permite transitar sin la Visa oro. Si no consumes no existes y nada tienes que hacer allí. Ya no habrá más acampadas en Sol, pero ¿alguien se acuerda de las decenas de personas que dormían allí antes del 15-M? La plaza es del dinero y el hecho de que fuese abolido en ella mientras duró la acampada hizo consciente a muchas personas la desnudez del emperador.

Por supuesto ciertas audacias no se pueden tolerar. Los beneméritos comerciantes de la Asociación de Comerciantes de Preciados y Carmen afirman su “INDIGNACIÓN 1) por la ocupación inexplicable e ilegal por más de 10 días de un espacio emblemático de la ciudad de Madrid; 2) por la desastrosa imagen que se está dando de la ciudad de Madrid no sólo en España, sino también en Europa y en el mundo; 3) por los problemas que dicha ocupación está causando para la correcta movilidad de clientes, mercancías, proveedores, servicios de protección civil y otros servicios públicos de vital importancia para nuestra ciudad, incidiendo especialmente en el intercambiador de transportes de Sol; 4) por la situación de insalubridad de la zona: 5) agradecimiento a la Unidad de Intervención de la Policía Nacional que desde el miércoles ha llegado a la plaza y está especialmente dedicada a la normalización de la misma en tanto en cuanto se resuelve la situación de una forma definitiva”. Mano dura contra quien estorba o no respeta la libre circulación de dinero y mercancías, lo único que aquí realmente importa, la justicia social es una broma de mal gusto.

Estos honorables ciudadanos han acatado gustosos, por no decir promovido, una ley de liberalización de horarios en el centro de Madrid que entrega la ciudad a las multinacionales, grandes empresas, franquicias y centros de explotación laboral, urbanística y financiera. Basta con darse una vuelta por Sol y alrededores para verlo. Han convertido Madrid en un parque temático para el consumo: uno que arranca en Malasaña y se extiende con una sistematización pavorosa y sin apenas fisuras hasta el paseo del Prado y esa milla de oro que es el “triángulo del arte”, colonizando calles, especulando con inmuebles y engullendo o expulsando cualquier forma de vida refractaria a su modelo, tirando abajo fuentes de agua potable, árboles y bancos para sentarse. Quieren convertir las calles y las plazas en meros lugares de tránsito, peor que eso, en un kilométrico escaparate. Cualquier acto que interrumpa la circulación de mercancías (materiales y humanas) es un ataque frontal contra la dictadura del mercado y el consumo. Por eso la acampada, las asambleas, el hecho de que la gente pueda sentarse en una plaza y hablar de política molestan tanto, tomar las calles es algo por sí mismo intolerable para el poder político y económico. Detrás del baile de los últimos días se encuentran esos grandes capitales empresariales y especulativos que ya dominan y poseen la ciudad. No queremos negociar con ellos, hay que enfrentarse a ellos porque son quienes nos roban la vida y las posibilidades para realizarla. La resistencia y la lucha están en esas calles y en su recuperación. La guerra no ha hecho nada más que empezar.

 

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