Reflexiones en PLP tras los acontecimientos de la última semana III

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7 agosto, 2011 por politicalargoplazoacampadasol

Desde el pasado martes, 2 de agosto, y durante tres días, el permanente Estado de Excepción en el que vivimos se nos ha ofrecido como espectáculo. Durante tres días, en la Puerta del Sol, hemos experimentado la apoteosis (en cuanto a metros cuadrados ocupados y efectivos empleados: 300 antidisturbios ataviados con todos sus complementos, un buen puñado de policías municipales disfrazados a su vez de antidisturbios, vallas-frontera, interminables horizontes compuestos de furgones alineados, un helicóptero sobrevolándonos, siguiéndonos, contándonos —controlándonos— y destrozándonos los tímpanos implacablemente) de la habitual distribución policial de lo sensible, según la cual nos vemos obligados a caminar, a detenernos, a hablar, escuchar, ver, tocar, únicamente allí donde se nos permite, allí donde se nos ordena, y a atenernos a las consecuencias en caso de desobedecer.

El centro de Madrid es inhabitable. Una inmensa extensión de granito y hormigón plagada de comercios, publicidad y luces artificiales (en el centro de Madrid nunca es de noche) y desprovista de árboles (y de sus olores y sus sombras y sus animales huéspedes), bancos (de los que se pueden usar para estar sentado, tumbado, para sencillamente estar), fuentes (no sólo ornamentales, maldito sea el ornamento, sino de las que se puede, imaginaos, beber agua), y en general de cualquier cosa no susceptible de facilitar o generar un beneficio económico. Los pobres con DNI español, los ociosos sin un duro en el bolsillo y los nostálgicos de los bosques no son bienvenidos. Los extranjeros pobres tienen directamente prohibida la entrada.

Los compañeros que decidieron acampar en protesta por las detenciones tras la manifestación del 15 de mayo dieron lugar —repetimos: dieron lugar— a la más imprevisible y bella de las interrupciones de este statu quo. De repente, ya nadie decidía por nosotros al respecto del uso del espacio común —común, que no público— de la Puerta del Sol. En la acampada, podíamos relatarnos los unos a los otros la historia de cada columna, de cada techado, de cada pasillo o mostrador. Una madrugada de tormenta en la acampada, por ejemplo, a resguardo de la lluvia, cualquiera que lo deseara podía, solo o acompañado, trabajar, leer, escribir, conversar, dormir, pasear, comer, canturrear, preocuparse, ocuparse o despreocuparse, podía también no hacer absolutamente nada. El verbo “poder” comparece una y otra vez porque se trata de una cuestión de potencia, de lo que puede un pueblo: la toma de la plaza probó nuestra capacidad para traer, aquí y ahora, el verdadero estado de excepción siempre por venir. Lo que exigíamos, lo que reivindicábamos, nos lo estábamos dando ya a nosotros mismos.

La Asociación de Comerciantes de la zona (que cuenta entre sus filas con lo más granado de la oligarquía económica internacional, parte contratante del régimen espacial totalitario antes descrito) fantaseaba con irreparables pérdidas monetarias y de puestos de trabajo asalariado (que lamentamos no hayan sufrido en realidad) y pedía mano dura. No puede ser, claro. Acerca de los límites de lo posible y lo imposible el pueblo tiene poco que decir y menos que actuar. Y sin embargo, en los tres días que ha durado el sitio de Sol hemos vuelto a abrir espacios, a liberar calles condenadas al tráfico, a resistir en vías rápidas designadas y por supuesto diseñadas para la circulación de mercancías y punto, a gritar a las piedras y a los guardianes de algunos edificios propiedad del Estado que su existencia nos avergüenza, que no la soportamos, que no vamos a seguir tolerándola. Llegan entonces catorce furgones policiales, desciende de ellos un enjambre de antidisturbios encasquetados, escudos en ristre y con las porras agarradas al revés, y nos muelen a palos. En relación a esto, y por si alguien albergara dudas, precisar que cuando clamamos, levantando las manitas, que “éstas son nuestras armas”, estamos diciendo la verdad. De momento y de nuestra parte, sólo hay cuerpos e inteligencias. Precisar además, por si alguien albergara todavía dudas, que es el Estado-Capital el que posee y administra en exclusiva el monopolio de la violencia.

Y por último, nuestros aprendizajes. Estamos aprendiendo que hemos de organizarnos para defendernos de esta violencia, haciéndole frente, cuidándonos y protegiéndonos los unos a los otros, a despecho de la manipulación que lleven a cabo los poderes de hecho y de derecho. Nuestras acciones serán ejemplares e inmediatamente disponibles para quien las quiera, bien sea propagar, reproducir, rechazar o ignorar. Estamos aprendiendo a desobedecer juntos. Y tarde o temprano aprenderemos a conformar un mundo en el que esta clase de violencia sea impracticable, impensable, inimaginable, en el que, simple y llanamente, no tenga lugar.

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