HACIA UNA EDUCACIÓN HORIZONTAL Y LIBRE

22 mayo, 2012 por politicalargoplazoacampadasol

HACIA UNA EDUCACIÓN HORIZONTAL Y LIBRE

Partimos de la base de que cualquier proyecto educativo sólo puede plantearse en relación con la sociedad en la que surge, y a la que en cierto modo perpetúa o recrea. Un cambio profundo en la educación sólo puede producirse si va acompañado de un cambio profundo en la sociedad y en sus estructuras políticas, económicas y sociales. Es decir, un tipo de sociedad clasista, autoritaria, jerarquizada, explotadora y vertical sólo puede producir una educación clasista, autoritaria, jerarquizada, explotadora y vertical, y viceversa, en un proceso que se realimenta constantemente. Las propuestas y sugerencias que aquí se hagan sólo tendrán sentido por tanto si van acompañadas de los consiguientes y paralelos cambios en la mentalidad y en las estructuras económicas, sociales y políticas, de lo contrario estará condenada al fracaso o a la parcialidad y al minoritarismo.

Las escuelas populares libres deben ser por tanto creaciones del pueblo libre – entendiendo por tal el conjunto de la población exento de toda coacción política represiva y de toda subordinación a instancias superiores, con autonomía para llevar a cabo sus decisiones de forma horizontal – y deben construir espacios de educación al margen de todo sectarismo, de toda ideología y de todo dogmatismo religioso, político o espiritual. Debe buscar impartir, extender y desarrollar un conocimiento libre – sea científico, artístico, literario, histórico o de cualquier otro tipo – que huya por tanto de toda razón utilitaria que sólo busca convertir el conocimiento en un instrumento de rentabilidad económica de unos pocos y por tanto de explotación de unas personas o clases sobre otras.

Es un hecho que la escuela actual – y el sistema educativo entero – plantea el dinero como eje central de lo educativo, intentando reproducir una realidad cotidiana donde el dinero  (y la propiedad privada) es el eje central de la vida entera del individuo. Esto supone tratar a lxs alumnxs como una mercancía que es “procesada” (como se habla de procesar alimentos o productos en una cadena de producción) para crear un determinado producto educativo y social que se traduce en beneficios económicos. Dentro de esa cadena de producción de asalariadxs, de gestores y de dirigentes – en un reflejo de la propia separación de clases de la sociedad – se incide constantemente en la creación de planes de estudio y “proyectos curriculares” que no tienen otro objeto que ir implantando paradigmas de rentabilidad dentro de la educación, y se habla por tanto de éxito o fracaso en clara trasposición del modelo de rentabilidad económica. Si el alumno cumple con esos planes quinquenales educativos, será evaluado como éxito, de lo contrario será expulsado o permanecerá atascado dentro del modelo. Esos planes, por otra parte, no tienen otra finalidad que construir empleadxs cualificadxs de los diferentes sectores económicos, con lo que de manera sistemática los contenidos técnicos y de especialización económica van tomando preponderancia sobre otros contenidos distintos (humanidades, socialización, creatividad artística, educación afectiva y emocional, enseñanza de valores ecológicos, igualitarios y sociales). Una escuela libre debe desprenderse de esta economización de la vida y de la enseñanza, que trata a lxs alumnxs como mercancía, y poner en primer plano otras cuestiones más generales, anteriores y de mayor importancia.

Este modelo economicista crea centros educativos donde lo que prima es mantener a lxs niñxs el máximo de tiempo posible trabajando sin cesar para que adquieran el máximo posible de conocimientos-mercancía con el mínimo de protestas y conflictos, lo que trae consigo una cada vez más evidente incidencia de hiperactividad, desarreglos psicológicos, agresividad y violencia en lxs propixs alumnxs. No se puede llamar a esto con propiedad educación; el término adecuado es domesticación o doma, y se remite a un empleo con animales, no con personas. Si lo que queremos es educar a la gente, y no domarla, debemos desechar de inmediato ese planteamiento de la escuela como primera fábrica o primer lugar de trabajo. Una escuela no debe ser un centro de represión, de encierro coercitivo y de adoctrinamiento y adiestramiento económico, sino un lugar donde se desplieguen todas las capacidades humanas positivas.

Para conseguir una escuela libre dentro de una sociedad libre, tanto una como otra deben cambiar sus estructuras primarias de organización. Dentro de una escuela, la toma de decisiones ha de hacerse de manera consensuada por todos los actores que forman parte en la misma. La asamblea periódica y conjunta de alumnxs, profesores, trabajadorxs del centro y eventualmente padres de alumnxs debe ser el órgano esencial que armonice la vida en la escuela. En esa estructura asamblearia, la voz de cada uno de los sujetos que la constituyen debe tener el mismo peso, independientemente de su edad o su función dentro de esa comunidad. La asamblea es ya en sí un espacio pedagógico que forma a los individuos y que les permite desarrollarse en libertad, a la vez que aprender a respetar, compartir y argumentar las posiciones de otrxs. La estructura asamblearia de las escuelas es el germen de todas las estructuras asamblearias posteriores, y por ello debe ser defendida por encima de cualquier otra cuestión. Una decisión escolar sólo puede ser justa si es consensuada y tratada por todxs lxs integrantes en pleno.

Por su propia naturaleza, por tanto, una escuela libre debe desterrar cualquier forma de autoritarismo, entendiendo por tal el origen de todas las formas de sumisión, explotación y abuso que posteriormente se extienden en una sociedad. Por consiguiente las medidas coercitivas de recompensa-castigo deben excluirse totalmente, formando parte del modelo de doma animal antes mencionado, y no de una educación humana responsable. La asamblea ha de ser el lugar y la forma de tratar y resolver conflictos; el castigo ejemplarizante carece de todo contenido pedagógico, y es en cierto modo la plasmación de un derrota de la pedagogía. El castigo sistemático, como constatación del poder de una autoridad, excluye la reflexión y pone en evidencia la carencia de argumentos de quien lo ejerce. Una educación en la libertad sólo tiene sentido si es también una educación para la libertad, y ello incluye la eliminación de todo comportamiento y actitud autoritarios, que sólo conducen a la perpetuación de la relación de dependencia y de abuso de unxs sobre otrxs. La libertad de lxs alumnxs/de las personas debe ser la piedra angular de la educación, como base para todos sus logros posteriores y la escuela debe garantizar cómo preservarla, cómo desarrollarla, como potenciarla, como hacerla florecer. Libertad entendida ante todo como armonía interior y con el exterior.

La función del “educador” debe ser por tanto satisfacer la necesidad de aprender de lxs alumnxs en las diferentes parcelas del saber y desarrollar sus capacidades, no imponer conocimientos ni conductas determinados. Es muy diferente enseñar una asignatura para un fin (sea este un examen, un título, una estadística o un puesto de trabajo) que simplemente enseñarla. En la transmisión de esos saberes ha de tenderse a eliminar los dualismos destructivos de materia-espíritu, mente-cuerpo, humanidad-naturaleza y objeto-sujeto, falsas polarizaciones utilizadas para perpetuar un estado de cosas donde proliferan la explotación y la sumisión de unxs a otrxs  También, naturalmente, el colorearlos de ideologías, sectarismo y dogmas. Cada alumnx debe ser libre para tratar esa información como él desee, y si aún es muy joven, para no ser sometidx a su influencia.

Uno de los problemas esenciales de nuestras escuelas, motivado por todo lo anteriormente dicho, y por otros factores, es el divorcio absoluto entre aprendizaje y vida. Los centros educativos son concebidos como espacios aislados (y aislantes) de la comunidad, como espacios separados, en ese intento del sistema de atomizar lo común y disgregarlo. Se trata, por tanto, de volver a llenar de sentido comunitario a los centros educativos, que sean parte integrante y permeable de una comunidad más amplia, donde realmente unx pueda sentir que forma parte de una comunidad, no por imposición, sino como algo espontáneo y natural. La escuela no debe ser un laboratorio de experimentación social, sino un espacio de libertad prolongación de la vida comunitaria libre. La alienación psicológica y social que todos hemos sentido en nuestras escuelas, como no-lugares extraños a nosotrxs,  debe suprimirse. La escuela ha de ser un momento más de la comunidad entera, y por ello debe llenarse también de relaciones humanas reales, incluyendo también los planos emocionales y afectivos. La relación de absoluta frialdad entre profesores y alumnxs, y entre alumnxs entre sí, debe corregirse de dos maneras: eliminando la competitividad y la carrera de ratas e introduciendo en las clases (de manera real y práctica, y no sólo teórica) la solidaridad, el apoyo mutuo, la cooperación y la filantropía (entendida como respeto y amor al género humano en su conjunto y a sus variadas creencias y puntos de vista).

Se debe promover también la recuperación de la educación afectiva en las escuelas, y la creación de un espacio para su desarrollo, como parte valiosa de cada ser humano. Ese núcleo de afectividad humana dentro de la escuela debe permanecer totalmente intacto y no afectado por ninguna forma de adoctrinamiento político, religioso o sectario. Debe ayudar sencillamente a cada alumnx a desarrollar su afectividad y emotividad de manera libre y sana y a permitirle hablar de ello con naturalidad y sin ningún tipo de presión ni coacción afectiva externa.

Otra de las bases de la educación ha de ser el igualitarismo, que permita ir construyendo una sociedad sin clases. La igualdad que se pretende irradiar desde las escuelas ha de entenderse como respeto a la diversidad de capacidades y de habilidades, y debe centrarse fundamentalmente en allanar las diferencias de clase, nunca en homogeneizar formas de vida y de pensamiento. Para ello  puede ser de gran ayuda el introducir en la escuela la instrucción (práctica y teórica) en labores productivas agrícolas, artesanales e industriales al mismo nivel que otras formas de conocimiento, como asignaturas más, que subrayen la importancia y la validez de estas actividades y las sitúe al mismo nivel que las otras consideradas intelectualmente superiores. Con ello se pretende erradicar uno de los primeros gérmenes de creación de clases en la educación tradicional, que relega esas actividades y conocimientos a clases inferiores y, a su vez, remite los conocimientos técnicos, intelectuales y científicos a una clase o clases situadas por encima. Una educación responsable ha de garantizar también, como es natural, la total igualdad (social, política, cultural, económica y psicológica) entre sexos.

La verdadera educación debe buscar humanizar a los seres humanos en un momento de franca deshumanización, en un momento histórico de deshumanización de la enseñanza y de “enseñanza para la deshumanización”, como parte de ese radical proyecto deshumanizador que es el capitalismo. Y esa educación que pretende salvar y recuperar lo que de humano tiene la especie ha de entender siempre al ser humano como parte integrante de un todo que es la naturaleza, eliminar las fuentes de la alienación social e individual y buscar la realización personal y colectiva – la propia y la de nuestrxs semejantes – como parte de un esfuerzo que integre a todxs. El respeto a las demás especies y a su medio ambiente – el hogar en el que vivimos – es por tanto una de las condiciones para garantizar nuestra propia supervivencia y nuestra propia dignidad como especie.

La escolarización universal fue – ahora podemos constatarlo con seguridad – un proyecto de las clases dominantes para eliminar de manera sistemática modos de sentido y de comunidad, de vida, de sentir y de compartir que no les interesaba, y de construir ciudadanxs, asalariadxs  y votantes idóneos para sus fines. Pudo traer, sin duda, ventajas colaterales no deseadas realmente por el poder, como un cierto incremento de ciertas capacidades cognitivas, culturales o científicas de las masas Se trata ahora de desvincular totalmente esa escolarización de un aparato económico y político represor y de eliminar de ella todos los intereses alienadores  subyacentes, liberándola del proyecto histórico clasista que la promovió desde su inicio.

De lo anteriormente expresado se deduce con facilidad que este tipo de escuela popular libre no puede desarrollarse de ninguna de las maneras – como la experiencia de siglos corrobora  – dentro de un sistema como el capitalista, que anula y niega desde el principio toda posibilidad de libertad, de igualdad y de horizontalidad al privilegiar el dominio de unxs sobre otrxs a través de los instrumentos del capital y la propiedad privada, y del conjunto de instituciones represivas y saberes y poderes construidos en torno a ellos. La implantación de la horizontalidad – económica, política, cultural y social  – dentro de un sistema por naturaleza vertical y jerárquico ha de ser el comienzo del fin de ese sistema, la escuela libre puede sin duda contribuir en cierta medida a ese fin, pero sólo si va acompañada de profundos cambios en la economía, la vida política y pública y las relaciones sociales. No obstante, creemos que los diferentes pasos hacia una sociedad libre han de irse dando de manera conjunta y progresiva, en el seno mismo del sistema, y la creación de escuelas populares libres en cada ciudad, en cada pueblo y en cada barrio constituirían sin duda un gran avance hacia una sociedad más justa, más igualitaria, más sana y más libre.

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