CIUDADANXS, ¿HASTA CUÁNDO VAIS A QUERER SEGUIR SIÉNDOLO?

1 noviembre, 2012 por politicalargoplazoacampadasol

CIUDADANXS, ¿HASTA CUÁNDO VAIS A QUERER SEGUIR SIÉNDOLO?

La construcción del concepto de ciudadanx va inseparablemente unida al desarrollo de la burguesía como clase. Esto es así desde su nacimiento: En 1789 se proclama la que podemos denominar “acta inaugural” de lanzamiento de esta idea, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa en el comienzo mismo de la revolución que habría de instaurar en el poder a esta nueva clase social. Se trata de un texto programático ejemplar en su concisión y pregnancia filosófica, al ser el producto intelectual muy maduro de toda una corriente ideológica anterior. En él se ponen los fundamentos de la esencia misma de la burguesía como clase, y su plasmación en el derecho. Casi todo está ya en sus dos primeros artículos:

I – Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo podrán fundarse en la utilidad pública.

II – La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del Hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Primacía del derecho y la ley – como Estado de Derecho -, protección sin límites de la propiedad privada (“inviolable y sagrada” se le denomina en el artículo XVII), libertad e igualdad aceptables sólo en el plano de la ley, no en el de la utilidad pública, este acta inaugural – firmada y redactada por obispos y aristócratas – establece el marco teórico dentro del que va a desarrollarse el proyecto de democracia burguesa en siglos posteriores dentro del capitalismo. Como es natural, la práctica y la teoría rara vez van de la mano, y la primera sirvió para imponer los criterios de una dominación económica y política – en este caso, la del capitalismo  –, y la segunda para justificar los desmanes de la misma. En cualquier caso, el ciudadano se convierte desde entonces, a través del voto, en el teórico sujeto político y social primario de las democracias burguesas, y del discurso político demócratico.

El ciudadanismo, entendido como la ideologización de este discurso, y como el planteamiento de una acción que tiene como eje el sujeto burgués que respeta el marco general de leyes y estructuras políticas – aunque pretenda el cambio de elementos puntuales y siempre parciales -, no es ni puede ser en ningún caso una alternativa al sistema hegemónico implantado de facto. Surge de él y en modo alguno se presenta como un todo aparte y separado, sino como una prolongación de los aparatos y del discurso del poder y de sus bases económicas. El ciudadanx no se ve en modo alguno como una clase diferente de aquella que gobierna – aunque en la práctica lo sea, y objeto de su dominación –, y por tanto no se enfrenta históricamente a ella. Por otra parte tiene asimiladas por completo las reglas de juego impuestas desde arriba: respeto de la propiedad privada, gestión de lo común por parte de los organismos del estado, el voto como ejercicio del poder individual, la violencia como monopolio exclusivo del estado, la educación institucionalizada y reglada como principal instrumento de socialización, acumulación sistemática de capital y plusvalía, etc.

A diferencia de los movimientos sociales del siglo XIX y del XX, que se presentaban como adalides de una clase distinta (la clase trabajadora), el ciudadanismo no es sino una fuerza más trabajando a favor del statu quo, y de sus fricciones con las clases dominantes sólo pueden esperarse ligeras reformas, en el mejor de los casos. Por su propia naturaleza, no está en condiciones ni en disposición de enfrentarse al poder conformando un todo homogéneo – como pretendió la clase obrera en el pasado –, sino sólo de pedirle y suplicarle reformas desde una posición de sumisión. Pero exigir a unos parlamentarios, como depositarios de la voluntad y la representación del poder popular, que cambien leyes dentro de su Estado de Derecho, es plantear la lucha en el campo y en el tablero del poder, con las reglas de juego del poder y con sus cartas ya marcadas y trucadas desde hace siglos.

En un acto de fe inoculado, venimos aceptando el reconocernos como ciudadanxs, porque así reza nuestra partida de nacimiento, bautismo y/o documento nacional de identidad. Ciudadanx, persona, ciudadanía y Estado, todo en uno, estos conceptos nos han venido dados desde el origen de este último. Ser ciudadanx es ser ya, desde el nacimiento, e integralmente, objeto y sujeto cómplice de dominación de las innumerables fuerzas opresivas del poder. Es ser asalariadx y a la vez cómplice de la explotación.

Una actitud y una conciencia diferentes son necesarias si se desea de verdad un cambio radical. Urge perder esa identidad impuesta y reinventar otra que conforme una clase social real, lejos de esa mentira del 99% que borra la división de clases y el conflicto entre ellas, y que constituye una falacia a nivel político y sociológico. Es necesario que el conjunto de la población sometida al trabajo asalariado seamos conscientes de que somos la clase oprimida que se opone dialécticamente a una clase dominadora, que somos total y esencialmente distintos a ella, y queremos cosas esencialmente distintas, que hemos de utilizar estrategias y modos de acción radicalmente diferentes, y que hemos de plantear la lucha en un escenario absolutamente inhóspito para el poder, y nunca en el tapete prefabricado constantemente propuesto por él. El dejar de ser ciudadanxs – dejar de querer ser ciudadanxs –  es sin duda el primer paso en ese camino hacia el cambio.

Mientras esto no se produzca, sólo nos queda mendigar a la intemperie, a la espera de que caigan del cielo las limosnas.

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