REPRESENTATIVIDAD: EL NÚMERO COMO INSTRUMENTO Y COMO FALACIA

19 mayo, 2014 por politicalargoplazoacampadasol

Texto leído en la Asamblea de Sol el 15 de mayo de 2014

La forma en que las democracias modernas se desmarcaron de los totalitarismos, pasados y presentes, sin renunciar a sus bases totalitarias, es dando primacía a dos principios fundamentales que se mostraron pronto como claramente antagónicos: “soberanía popular” y “representatividad”. El primero es sólo un alarde teórico para justificar el segundo: todos sabemos que hay políticos que dicen representarnos, pero nadie ha ejercido nunca la “soberanía popular”, a pesar de que, al parecer, nos pertenece a todxs. El principio de representatividad, o de delegación, comporta que esa “soberanía” se delega siempre y única y exclusivamente en representantes políticos legales, y no existe forma alguna en la democracia de ejercer esa soberanía excepto un día cada cuatro años y en la forma reglamentada por el poder que se legitima gracias a esa delegación: depositar un voto. Es decir: la soberanía popular sirve en democracia, única y exclusivamente, para ser delegada, nunca para ser ejercida, y para ser delegada no en cualesquiera, sino en un número limitado de representantes que, por otra parte, provienen de partidos políticos (esa otra herencia de los totalitarismos decimonónicos). Fuera de ese efímero gesto (depositar un papel en una urna cada cuatro años), la soberanía popular no existe en los sistemas democráticos, no se ejerce nunca.
Esta base de la democracia moderna, la representatividad, presenta numerosos defectos. El principal es que mediante ella todas las clases sociales delegan el poder en una sola (la clase dirigente, formada casi en su totalidad por miembros de la llamada alta burguesía), que es la que finalmente gobierna. Al presentar como elegibles únicamente a miembros de partidos políticos (es decir, tecnócratas), resulta literalmente imposible que individuos de otras clases sociales participen de la vida política. Es decir, la clase dominante (la que posee dinero y formación específica) ha puesto las bases de un sistema donde, se vote a quien se vote, siempre saldrá ganando, porque ha excluido de principio al resto de las clases. Esto conlleva un auténtico círculo vicioso, un truco de prestidigitación que permite a la clase económica dominante, delegar las cuestiones domésticas de democracia dividida en dos o más partidos, gobernar, siempre que no subviertan el sistema, y legitimar su poder eternamente.
Una vez, ejercido el derecho al sufragio, no cabe ya otra cosa que repetir esa cansina ceremonia de contar votos, repartir escaños y coronar la legitimidad del vencedor. Este fenómeno archiconocido por el que las urnas hablan, dejándonos engañar con esa falsa consigna por la que un puñado o porcentaje de votos es siempre la “suma de TODOS”. Una vez más, y este envite no será el único, tendremos que oírles, tanto a esa clase política como a sus voceros, aquello de la sabiduría con la que “el pueblo se ha expresado”.
El otro gran problema de reducir la vida política del ser humano a votar esto o aquello es que las campañas electorales y los partidos políticos empiezan a requerir de una financiación monstruosa para poder llegar a todxs lxs electorxs. Los partidos políticos comienzan entonces un proceso de negociación económica con bancos y grandes empresas financieras, que, como es natural, exigen contraprestaciones para sus grandes préstamos de dinero. Aquí es donde la alianza de política y capital – que ya era más o menos obvia desde el momento en que los representantes del pueblo provienen todos de las clases adineradas – se hace más manifiesta y obscena, y donde los “representantes del pueblo” pasan a ser ya directamente representantes del capital. Por decirlo de otra forma: la representatividad, en las democracias modernas, está en el origen de la alianza indisoluble entre el capital y el estado.
Y no solo en los modos de la financiación de la organización clientelar de los partidos políticos. Aquel contrato social con el pueblo, en que se ha convertido hoy esa entelequia del cacareado Estado del Bienestar, es presentado como un ente benefactor que hace regir nuestras vidas en lo que llaman la convivencia pacífica de los ciudadanos, reafirmando un sistema patriarcal y de servilismo mediante la máquina de hacer leyes, por la cual si sois buenos y os portáis bien, puede haber premios o castigos.
Pero para ese régimen no es tan importante su efectividad en la práctica – todxs sabemos ya, a estas alturas, que el poder ejecutivo real lo ostentan siempre personas que sólo representan a las minorías de siempre – sino que se erija, esencialmente, como argumento definitivo de justificación de sí mismo, y de su propia legitimidad. Al afirmar que quien gobierna ha sido legítimamente votado por una mayoría, se pretende zanjar cualquier argumento en contra de esa legitimidad del régimen. Podríamos traer aquí a colación la cita de Thoreau: “Si alguien tiene razón, es una mayoría en sí mismo”. Pero las democracias modernas funcionan a la inversa: la mayoría numérica es siempre mayoría en sí misma, aunque no tengan razón ninguna. El número, la suma, la cifra total justifica al Régimen. Esto es así en un Régimen cuyos principales pilares son la ciencia y una de ellas en concreto, la economía, cuya base en ambos casos, es el número. El prestigio del número es tal en estas democracias que constituyen la base de la legitimidad política. Y el número legitimador es siempre el número de personas votantes. El número de personas no votantes es consignado y calculado, pero no es legitimador, carece prácticamente de valor político. Mejor dicho: es incluido dentro del otro grupo legitimador de manera fantasmagórica, de manera que tanto el número de votantes como el de no votantes legitima al Régimen. El otro elemento del grupo persona votante es el más complejo: votan personas, es decir, aquella parte de la gente que puede ser identificada, contada y numerada. La representatividad sólo es posible si hay individuos, que pueden ser contados.
Por ello el Régimen se encarga de construir individuos a los que luego pueda representar. La persona, el individuo, es la base del Régimen porque es básicamente el número convertido en gente. Podemos decir incluso que la educación en democracia es básicamente el proceso por el que se intenta convencer a la gente que son números, y que actúen como tales. Para que todo esto pueda funcionar, es necesario que cada cual se crea que es quien es, es decir que se es aquel que aparece en su DNI, de lo contrario todo podría llegar a desquebrajarse, incluido el sistema, y ello se intenta identificando como individuo a cada criatura desde que nace – algo parecido a lo que hacen los científicos con las aves de un entorno para examinar, vigilar y controlar sus movimientos, poniéndoles una anillita – a través del carnet de identidad, que es el documento que se aporta al votar. El truco de prestidigitación y de alquimia ya está hecho: la minoría que siempre gobierna (una clase que es siempre minoría limitadísima) afirmará que es la mayoría a través de la suma de números de sus votantes. Podemos decir que la representatividad se reduce a eso: el mecanismo para hacer que la minoría se convierta en mayoría, y de este modo justificar sus desmanes diarios ante la verdadera mayoría siempre muda, pasiva y sometida.
En definitiva, las democracias modernas se nos presentan como el intento monstruoso de convertir al pueblo y sus múltiples posibilidades de entendimiento y convivencia en Estado a través de un procedimiento de cálculo numérico llamado votación. Para ello utilizan el embuste de la “representación”, manipulada convenientemente por la misma clase que siempre gobierna en el capitalismo (banca y grandes corporaciones multinacionales), que permite que en todas las votaciones la mayoría numérica elija siempre a la misma minoría. Frente a este aplastamiento, y a modo de resistencia, siempre quedará en el fondo de lo que haya de común en cada uno esta continua negación y disconformidad, y formas como la asamblea o el concejo se nos presentan como alternativas mucho más justas, libres, abiertas y equilibradas. Queda abierta la pregunta de si en la asamblea y en el concejo no está la esencia de lo que la democracia o, mejor dicho (porque el término ya es sospechoso), la política debería ser y probablemente nunca ha sido. Para nosotros queda claro que debemos rechazar en la lucha no sólo toda designación de representantes para hacer valer ante las instituciones o los medios “la voz de la plebe” (podemos aprender de cómo esto hizo fracasar notablemente muchas revueltas como, por no ir más lejos, la de los estudiantes de los años ochenta), sino también esa forma de llegar a acuerdos por votación, forma heredada del régimen en que nacimos y que, de común acuerdo, nos parece, por lo ya dicho, nefasta para el entendimiento popular, que es lo que importa: la gente tiene siempre cosas mejores que hacer que imitar a los gobernantes.
Así, el grito QUE NO NOS REPRESENTAN se oía a cada paso coreado por la gente cuando se reunía a protestar sin número en las plazas; seguramente era el más coreado, y por algo será: “voz del pueblo, voz del cielo” dice el dicho, y podemos tal vez entenderlo si pensamos en el cielo no como el sitio del Poder Supremo sino como algo más próximo a la tierra, de donde le caen las lluvias y también a veces el fogonazo del rayo.

 

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